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Perú y África: un libreto incómodo que suele repetirse

AAndrés Quispe
··7 min de lectura·perúselección peruanaapuestas fútbol
a group of llamas standing in a field — Photo by Hongbin on Unsplash

Un cruce que a Perú casi nunca le sale limpio

Este martes, alrededor de Perú, la charla no gira solo por el estreno de Mano Menezes ni por ese morbo bastante lógico de ver una cara nueva en el banco. Va por algo más viejo, más terco casi: cada vez que la selección se cruza con un rival africano, el partido suele caer en una zona incómoda, áspera, con poco aire y más choque que brillo, y yo creo que ahí está el punto de verdad. El historial no decora la previa. La acomoda.

Basta darle una mirada a la memoria reciente para agarrarle el tono al asunto. En Rusia 2018, Perú le ganó 2-0 a Australia en Sochi y, aunque Australia compite en Asia, desde lo físico propuso un duelo de contactos, centros y segundas pelotas que obligó a una selección muy metida, muy concentrada, sin demasiado margen para distraerse. Después, en junio de 2019, la Blanquirroja cayó 0-1 con Senegal en un amistoso y la pasó mal justo donde más suele pasarla mal ante rivales de este corte: cuando el encuentro se rompe, se hace largo, y cada transición parece una estampida que te viene encima. No fue casualidad. Fue señal.

Lo que se repite no siempre se ve en la pizarra inicial

En lo táctico, Perú suele sentirse bastante más cómodo cuando logra encadenar pases, fijar a los extremos y dejar que el mediocampo marque el compás. Así. Ese libreto caminó muy bien por momentos en la era Gareca, sobre todo cuando Yoshimar Yotún y Renato Tapia encontraban una salida clara, una escalera limpia para progresar sin rifarla. Frente a selecciones africanas, esa escalera muchas veces se parte en dos: la presión cae primero sobre el que tiene la pelota y enseguida sobre el que la va a recibir, y ahí aparecen los controles largos, las divididas, los laterales incómodos, de espaldas, medio ahogados.

Menezes empieza su ciclo con una chamba poco simpática: ordenarle la cabeza y el juego a un equipo que en la Eliminatoria pasada se pareció demasiado a una radio mal sintonizada, con algunos ratos nítidos y demasiados minutos de puro ruido, ruido de verdad. Perú cerró las Clasificatorias rumbo a 2022 en repechaje y luego, ya metido en el proceso siguiente, volvió a enseñar una piedra conocida: poco gol. Eso pesa. Cuando una selección peruana llega con problemas para convertir, medirse con un rival de potencia atlética casi nunca abre el encuentro; normalmente lo achica, lo aprieta, lo vuelve corto.

Vista aérea de un partido internacional de fútbol con equipos replegados
Vista aérea de un partido internacional de fútbol con equipos replegados

Hay un antecedente más viejo que también ayuda a leer este presente. En España 82, Perú cayó 1-0 con Camerún y ese empate físico, esa sensación medio ingrata de que cada pelota dividida era una piedra en el zapato, dejó una imagen que quedó flotando durante años. No comparo épocas. No da. Comparo sensaciones de partido, porque cuando el rival impone zancada, ida y vuelta y choque, Perú suele demorarse demasiado en acomodarse, y un amistoso —justo un amistoso— no siempre regala el tiempo necesario para meter correcciones sobre la marcha.

El entorno mira al técnico; yo miro al tipo de partido

La reacción más natural del entorno es clavarse en el debut. Pasó antes. Cuando llega un técnico nuevo, el discurso público se llena de “energía renovada”, “cara distinta”, “arranque de ciclo” y toda esa música que suena linda, pero la pelota, terquita ella, no suele respetar esos eslóganes. El estreno de un entrenador puede ordenar mejor ciertas alturas de presión o mover un nombre por otro, sí, pero no borra en 90 minutos un patrón competitivo que Perú arrastra desde hace años frente a rivales de gran despliegue.

Aquella noche ante Paraguay en Lima por las Eliminatorias a Qatar, con el Nacional prendido y la selección obligada a ganar, Perú mostró algo que yo todavía extraño, y bastante: paciencia para llevar el partido al terreno que le convenía, sin apurarse de más ni jalar pelotas por desesperación. Eso no aparece por decreto. Se trabaja. Y esa chamba recién arranca. En el Rímac o donde a uno le toque ver el partido, con ceviche, con café frío de oficina, o con lo que haya, la ansiedad del hincha va a pedir señales inmediatas. Yo, la verdad, no compraría esa ansiedad.

Desde la lógica de apuestas, todo eso empuja hacia un lugar bastante concreto: mercados de pocos goles. Así de simple. Si aparece una línea de menos de 2.5 goles alrededor de cuota 1.70 o 1.80, a mí me suena mucho más coherente con la historia de este cruce que irse de frente al ganador. Esa cuota traduce una probabilidad aproximada de entre 55.6% y 58.8%, y el contexto la sostiene bastante bien: técnico debutante, automatismos todavía verdes y un rival que, por tradición y físico, suele llevar a Perú a partidos de respiración corta, de esos donde cada llegada cuesta un mundo. No digo que tenga que ser una noche cerrada sí o sí. Digo, más bien, que sería raro que no lo fuera.

La objeción existe, pero no me mueve demasiado

Claro, también existe la mirada contraria. Al ser amistoso, varios creen que los cambios, las pruebas y cierto cansancio defensivo abren escenarios de over. Tiene una lógica, sí. A veces el banco largo desordena todo y el partido se estira. A veces un error temprano rompe el libreto. A veces el amistoso se vuelve un patio sin cerco. Pero en Perú esa foto no ha sido la dominante cuando delante aparece un rival de musculatura fuerte y presión alta.

Yo iría un paso más allá: al 1X2 le tengo bastante menos fe que al patrón del partido. Mmm, no sé si suena duro, pero. así lo veo. Porque el ganador depende de detalles que todavía están medio invisibles en este arranque de ciclo: quién pisa el área, quién sostiene la segunda pelota, quién se anima a recibir entre líneas, quién no se pone piña en el primer duelo bravo. En cambio, el tono del encuentro sí parece tener una raíz histórica más firme. Perú rara vez manda con autoridad completa en este tipo de cruces. Y si no manda claro, el partido se encoge, se traba, se vuelve una puerta que abre apenas.

Aficionados viendo un partido de selección en un bar con pantallas grandes
Aficionados viendo un partido de selección en un bar con pantallas grandes

Lo que ya pasó pesa más de lo que parece

No me interesa vender una épica de amistoso, porque eso casi siempre termina en una lectura apurada, medio inflada. Me interesa otra cosa. Reconocer que ciertos cruces arrastran una textura propia. Perú contra selecciones africanas, casi siempre, termina jugando un partido menos vistoso de lo que promete la previa. Pasó en 1982. Pasó en 2019. Y pasó también, con matices claro, en varios encuentros donde la selección quedó forzada a competir más de lo que pudo mandar.

Entonces mi postura es bastante clara. Si mañana Perú sale a jugar contra Senegal o contra cualquier rival africano de perfil parecido, el patrón histórico me empuja a pensar en un choque tenso, de márgenes chicos y marcador bajo, antes que en una exhibición liberada y suelta. A veces el pasado no sirve. A veces sí. En la selección peruana, frente a este tipo de oponente, funciona como espejo. Y ese espejo no devuelve un festival: devuelve fricción.

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